(y otras leyendas sobre el solitario oficio de escribir)

Franz Kafka, aquel “don nadie quejumbroso, oscuro y engominadamente tuberculoso”, como lo llama Enrique Vila-Matas, le pidió a su amigo Max Brod que quemara todo. ¿Por qué no lo quemó él mismo? ¿Para no agravar su condición médica? ¿Porque temía que -como le pasó a Nabokov con el manuscrito de Lolita- alguien lo detuviera y lo convenciera de lo contrario? ¿Por qué no lo tiró a la basura, como hizo Stephen King con la primera versión de Carrie? Después de todo, a diferencia de Stephen, el buen Franz no tenía esposa que lo rescatara del reciclado.
La posibilidad de leer la mayoría de su obra se la debemos a Max Brod; su primer lector: ese que pudieran haber sido muchos más, si Kafka no se hubiera creído eso de que la labor de escribir es la más solitaria de todas las artes. Porque lo cierto es que no escribimos solos: escribimos influidos por otros artistas y escribimos también para ser leídos. Todos tenemos, al menos, a nuestro primer lector: ese ojo crítico que nos da su opinión para las correcciones de arranque. Otros, preferimos trabajar en taller, de modo que nuestros primeros lectores son un grupo de autores con quienes colaboramos e intercambiamos impresiones.
Pero, ¿qué pasaría si, poco a poco, hiciéramos uso de las redes sociales para llegar a más lectores? No con los primeros borradores, sino con fragmentos, ideas, reflexiones, pequeños ensayos al estilo de los Cuadernos en Octavo y los Diarios de Kafka. La voz de Franz, que es la misma que habla como una corriente subterránea en sus cuentos y novelas, está ahí: presente en todas sus notas. ¿Qué hubiera pasado si las hubiera compartido con alguien que no fuera una de sus exnovias? (Quienes, por cierto, sí quemaron mucho de su correspondencia).
Pienso, por otro lado, en Gertrude Stein y la Generación Perdida, ese grupo entre los que se contaban Hemingway, Fitzgerald, Anderson y Pound. Quizás hoy en día no tenemos una señora Stein que nos invite a beber a su casa y convivir con artistas visuales y cineastas de vanguardia, pero las redes sociales sí que nos permiten entrar en contacto con otros artistas, acercarnos.
Consideremos un ejemplo más: el Boom Latinoamericano. ¿Hubiera sido lo mismo, sino se hubieran apoyado como grupo? ¿Si no se hubieran reseñado y comentado unos a otros? ¿Si no hubieran creado, incluso, chismes como el famoso puñetazo que le propinó Vargas Llosa al pirujísimo Gabo?
Volvamos aquí y ahora. Volvamos a nosotros como autores contemporáneos. ¿Estamos dispuestos a trabajar con otros autores en proyectos como libros colectivos y otras oportunidades de intercambio? ¿Será que entre tus amigos y conocidos hay personas que se dedican a otras artes y pudieras participar con ellos en un proyecto?¿Cooperamos con otros artistas, blogueros, autores que nos gustan, compartiendo sus textos? ¿Tenemos lo que se necesita para compartir en las redes eso que late en el corazón de nuestro trabajo? ¿Qué estamos moviendo con nuestros likes y nuestros clicks? ¿Memes y frases de autoayuda?

Colaboró para impetuosa: Cecilia Magaña.

Este texto y otros más por venir son producidos para el curso Presencia en internet para escritores.
Te invitamos a unirte a la próxima fecha, el sábado 3 de junio en las oficinas de la editorial Paraíso Perdido en Guadalajara. Pide más informes y confirma tu participación.

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