Hace tres días me enteré de que perdí el Premio Sor Juana y los $400,000 pesos que soñaba invertir en un viaje a Europa. Seguramente habrá entre cincuenta y doscientas personas que sufren como yo, mientras unos cuantos (5 ganadores y 5 menciones honoríficas) ya han pasado por los pasos 1, 2 y 3 que he relatado en la primera parte de este artículo. Pero, ¿qué pasa después de que el ganador de un concurso literario recibe la noticia, se da a conocer el fallo y festeja entre sus amigos y conocidos?

Paso 4: La entrega del premio y el cisticerco.

La fecha acordada para la entrega del premio llega, y tú viajas con un acompañante a esa ciudad donde alguien de la institución convocante te recoge en el aeropuerto (no, no viajas en camión, como sueles hacerlo cuando tú pagas), y te llevan a un hotel. No sabes qué esperar: el feo gusano de la duda se ha convertido en una larva que late en tu cerebro y a ratos te hace pensar: “¿dónde están las pancartas? ¿el póster con mi foto de autor?, ¿la bandeja de frutas acompañada de una carta en la que se me felicita por mi talento?”, y en otros momentos te tortura con ideas como: “¿y si lo que preparé para el agradecimiento es una mierda?, ¿irán al evento algunos de los ardidos que se burlaron de mi título en redes sociales?, ¿por qué no leí al autor que da nombre al concurso?”.

En la ceremonia de premiación encuentras tu foto de autor (en la que pensándolo bien, tampoco te ves como quisieras), hay mucha gente importante que te da la mano, reporteros locales que te entrevistan y algunos ardidos que tiran caca discreta o abiertamente. Conoces a alguien que para ti es una celebridad (pero a nadie de tus conocidos en casa les significa nada), y todos en el evento están muy contentos hasta que se dan cuenta de que no, no has leído al autor que da nombre al concurso. Afortunadamente son tan educados que se recuperan rápido.

En la cena (o comida) en tu honor, esgrimes tus otras lecturas entre los invitados y te sientes un poco mejor. Pasan las horas y las copas y te das cuenta de que ninguna de las personas sentadas a la mesa te ha leído. Así es; eso fue trabajo de los jurados y ellos no han venido a la premiación. Te descubres rodeado de amables desconocidos que beben y comen y charlan contigo para relajarse de la friega que ha sido armar el evento en tu honor y otras tantas cosas que llenan su agenda, pero no leyeron tu obra ni saben de qué va. Una primera lección de humildad que entre el alcohol, el mal del puerco por la deliciosa cena y la sabiduría de tu acompañante (quien ve todo con una objetividad que tú no tienes), sobrevives.

Paso 5: El profeta en su tierra

Vuelves a tu ciudad y ahora es la prensa de tu región quien quiere saber de ti. Habrá un poco de todo: periodistas muy profesionales que te piden el archivo en PDF y leen la obra premiada para hacerte una entrevista a fondo; personas con las que beberás cervezas o cafés y luego tendrás el gusto de llamar amigos y también personas que sólo necesitan levantar una nota sobre tu premio, sacarte una mala foto y despacharte en veinte minutos para seguir corriendo de un lado a otro de la ciudad y cubrir otra entrevista y volver a casa y medio cenar porque la vida del reportero es una putiza que tú no conoces (o quizás sí, y entonces no te portas como diva y los entiendes).

Todos preguntan: ¿y cuándo sale el libro? Aún no sabes qué contestar. Si lo va a editar la institución que te dio el premio, esto depende por completo de su calendario y no tienes ni puta idea. Si el premio no incluía la publicación, seguramente ya has mandado (bajo la influencia del cisticerco) una serie de correos con tu manuscrito a las grandes editoriales del país e incluso a una que otra editorial en Barcelona.

Mientras tanto, el dinero comienza a fugarse lentamente de tu cuenta: los pagos a la tarjeta, aquella laptop que siempre has soñado, un ajuar nuevo que te urgía aunque duele ver que cada vez es menos y no has hecho ni una tercera parte de lo que habías soñado.

Doy un par de tragos más a un té de menta y vuelvo a pensar para qué me hubieran alcanzado los 400 del Sor Juana. Decido dejar pendientes otros dos pasos porque ya me he aventado un chorote y me urge buscar en línea cuáles son los próximos concursos a los que puedo mandar la novela que recién han bateado.

El cisticerco se retuerce en mi cerebro: “¿quién quiere 400,000 pesos? Si a ti ni te gusta la obra de Sor Juana…” Doy otro trago al té y desearía que fuera una cerveza. El cisticerco insiste: “¿y si hacemos un berrinche en facebook?” Decido hacerle caso, pero primero termino de anotar las fechas para mandar la novela otra vez, con otro título y un nuevo seudónimo. No vaya a ser.

Compartió para impetuosa, Cecilia Magaña.

Crédito de la imagen: Edward Hopper, “Automat” 1927.
Sigue leyendo la parte 2.

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