Crear un nombre lleva años de trabajo y constancia, pero sobre todo, de atrevimiento. Hace casi veinte años, mandé un par de minificciones a la revista El Cuento, de Edmundo Valadés. Yo no lo sabía, pero tanto él, como la revista, estaban muriendo. Tampoco sabía que no tenían el hábito de avisar a los autores si habían sido seleccionados o no. Recientemente, alguien en un taller me elogió uno de esos cuentos y yo no podía creerlo. “Pero si jamás los compartí”, dije. “Claro que sí, los leí en uno de los últimos números de la revista El Cuento”, replicó la persona a quien yo estaba a punto de escupirle el clásico: “yo ya no escribo así, ¿eh?”, cuando afortunadamente me cayó el veinte y le agradecí.

El hecho de que una persona recordara algo que yo había escrito hacía tanto tiempo era porque le había sido significativo. ¿Qué derecho tenía yo a venir con mis mamadas a decirle: “oiga, pero ese cuento es malo, qué pena que lo haya leído”? Además, ¿cuántas personas se habían quedado con las ganas de publicar en esa revista? No creo que el mismo Valadés hubiera revisado mi trabajo, pero sí alguno de sus editores. ¿No era terriblemente soberbio hacer menos esos cuentos cuando otros tantos hubieran deseado ese espacio? Por otro lado, el arrojo con el que mi yo de dieciocho años se lanzó a publicar, me asombró: “qué huevos de chava, empezando a escribir y mandando cuentos a todos lados.” Después de todo, no estaban mal escritos (porque sí me daba el tiempo para corregirlos y eso siempre es importante), nomás eran de hueva. Pero, ¿por qué? “Porque no tenía la malicia que tengo ahora”, me respondo, muy satisfecha de mí misma, hasta que el maldito gusano de la duda comienza a hacer lo suyo: “¿Así que la malicia que tienes ahora basta? ¿Qué pensarás de lo que estás publicando ahora dentro de unos diez años? ¿Quince? ¿Veinte?”

Sonaba terrible pero también absurdo. No seré la misma dentro de diez, quince o veinte años. Así como no soy la misma persona que escribió esos cuentos a los dieciocho. Los temas, las mañas, las inquietudes que hoy me ocupan quizás me parecerán ingenuas después, pero, ¿qué no es de eso de lo que se trata la vida? Quiero decir, ¿cuánto tiempo tardaría en llegar el glorioso momento en que mi escritura alcance un nivel intachable? Bueno, para empezar, dudo que cualquier obra sea intachable. Mucho menos perfecta. Para seguir, ¿qué no se supone que de los errores se aprende? ¿que la experiencia se hace, justamente, en el camino? Esperar “el gran momento en que mi arte alcance el epítome de su madurez” promete, si lo pienso bien, una espera interminable. “Jamás alcanzaré esa satisfacción total, y cuando la alcance, ya valí madre”, pienso en voz alta, para acallar al gusano.

Cuando platico con otros autores que están empezando, constantemente descubro que se detienen y no comparten sus escritos porque: “aún no sé qué clase de autor soy”, “creo que todavía no estoy listo para que me lean”, “no tengo un nombre todavía”. Bueno, y ¿cómo van a hacérselo si no se atreven? No estoy diciendo que se lancen con cualquier cosa; todos tenemos un cuento, un poema, un escrito que es nuestro favorito, al que le invertimos trabajo y oficio. Los cuentitos que mandé a la revista cuando apenas había tomado un par de talleres en Sogem, eran mis favoritos, tampoco envié la basura. Y quizás ahí está el detalle: poner a merced de los lectores (a través de una autopublicación, una revista impresa o en línea, un blog) eso que amas tanto da miedo porque temes que te partan la madre. Si es tu caso, déjame decirte algo: se trata, tan solo, de aprender a superarlo. Y no hay otra forma que arriesgarse, que vivir para contarlo. He experimentado que alguien se ría a carcajadas de mi narrativa, pero también puedo decir que hubo alguien que guardó en su memoria una de mis historias por casi veinte años.

La única forma de hacer nombre, la única forma de aprender y mejorar, de alcanzar malicia y descubrir qué clase de autor eres, es poniendo tu trabajo en la línea. Corrige, revisa bien tu ortografía y arriésgate. Yo, por mi parte, me sigo arriesgando y aún me falta mucho por aprender. Y eso no me descorazona. Por el contrario, me entusiasma: porque si esto de escribir es un camino, todavía no me interesa terminar el viaje.

Compartió para impetuosa, Cecilia Magaña.

Imagen que ilustra la nota: Fragmento de The Torment of Saint Anthony por Michelangelo a sus 12 o 13 años de edad.


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