Cada cierto tiempo escucho a alguien decir: “yo no voy a prostituir mi trabajo”, cuando se habla de vender su obra, de publicarla en una revista en línea o peor aún, cuando se trata de autopromocionarse.

En el documental de HBO, Iceman Confessions, el asesino de la mafia, Richard Kuklinski dice una frase que después usaría Nolan para el guasón: “if you are good at something, never do it for free.” Quizás hay quien no esté de acuerdo en comparar el asesinato con la escritura o cualquier forma de arte, pero Kuklinski disfrutaba tremendamente lo que hacía, y ganar dinero por disparar una ballesta contra un transeúnte o hacer pedacitos a líderes sindicales le daba un gran placer, además de sustento para su familia.

Ganar dinero por escribir no debe ser tan malo como ganar dinero con el oficio de Kuklinski, pero quienes se retuercen ante la posibilidad de vender su trabajo, usan la referencia de la prostitución y no del asesinato. Quizás porque la idea del sexo, relacionada con el amor, les parece sagrada y, por lo tanto, cobrar por hacer algo que amas sería terrible. Un buen amigo y escritor, Mario Heredia, me contó sobre una prostituta cubana a quien apodaban “La Trampa”, ella solía decir: “si a mí me encanta coger y puedo vivir de eso, qué mejor.” Ahora bien, es cierto que muchas mujeres y hombres son prostituidos contra su voluntad o porque no hay más opción que vender el cuerpo para vivir. No conozco a ningún escritor al que lo obliguen a escribir, tampoco a uno al que las dificultades económicas lo lleven a pensar: “bueno, pues no, no hay nada en el refrigerador… es momento de escribir un cuento.” Como si el oficio estuviera tan bien pagado y fuera, verdaderamente, un medio para sobrellevar la pobreza.

Entonces, ¿a qué se refieren los autores cuando hablan de prostituir su trabajo? Tal vez consideren que el arte no es un producto y merece ser apreciado por sí mismo, sin pedir nada a cambio. Así que el lector tendrá que llegar a su obra casi por casualidad, como si anduviera un día por la calle y de pronto se topara con un pedacito de papel con un cuento o un poema. Tal vez la oportunidad se daría en una lectura pública (porque muchos autores que no se prostituyen gustan de las lecturas públicas y performances) y es ahí cuando esperan que la gente caiga bajo los encantos de la pureza de su obra.

Yo, particularmente, creo que los libros son objetos, por lo tanto productos. Y como todo producto, se venden. En su interior contienen años de mi trabajo, horas sentada frente a la computadora (que disfruté enormemente) horas de taller con mis amigos (que también gocé) y horas de edición que hizo alguien cuyo trabajo merece le sea remunerado: por su inversión en papel y tinta y las horas hombre invertidas en corrección, diagramación y diseño entre muchas otras cosas. Así que claro que los libros se venden, se compran y tienen que promocionarse por los interesados: entre ellos, el autor.

Pienso en uno de estos escritores puristas replicando que no es a eso a lo que se refieren por prostitución, sino a prestar su talento a temas que no desean escribir tan solo para ser publicados. Ah, bueno… si de eso se trata hay editoriales independientes que se lanzan con literatura de calidad y se atreven a publicar cosas ajenas a lo que vende como pan caliente, pero aquí está el detalle: el trabajo tendrá, primero, que tener calidad y segundo, que contar con el autor para ser paciente (el proceso de edición es más lento) y colaborar cuando sea momento de hacer la promoción del libro, es decir, saber venderse.

¡No!, responde el autor cuya obra jamás se verá mancillada de esa forma. Su tercera alternativa es, entonces, autopublicarse: hacer todo a su gusto, respetar todos sus puntos y comas, no ceder ante nadie. Entonces se verá invirtiendo en su trabajo, pagando a otros la labor de armar el libro y terminará con una caja de objetos que, de una forma u otra, tendrá que vender, a menos que decida regalarlos.

Hay una cuarta opción y es un sueño en la cabeza de muchos de estos autores: vivir la historia de Emily Dickinson. Escribir para sí mismos, no ceder ante nadie y morir con la esperanza de que alguien abra los cajones donde esconden sus poemas y sus cuentos, que tras su muerte, se apreciarán como las obras maestras que son. Aunque para eso se necesitaría el talento de Dickinson y ahí está el asunto: ¿cómo saber que tienen esa calidad si no comparten su trabajo?

Conozco, en cambio, a autores que tienen ciertos principios en su obra: elementos que no negocian, pero que buscan y encuentran los espacios para ser leídos, para defender eso en lo que creen. No escriben sobre revueltas latinoamericanas con escenas eróticas y un toque de narco, sino historias sobre temas difíciles, íntimos, con un lenguaje que reta al lector; no escriben novela juvenil porque crean que eso es lo que pega sino porque el género les permite muchas libertades y les divierte como enanos; no escriben poesía porque desean ser rockstars, sino porque necesitan comunicarle a alguien cómo ven el mundo y ponerlo en palabras que puedan intercambiar con otros; no escriben policíaco porque la violencia vende, sino porque el género es exigente como la chingada, y pasan horas armando los casos, pensando la mejor manera de construir los diálogos y les gustan los rompecabezas que pueden ser. Y todos ellos venden.

Escribir porque te gusta, y ofrecer tu trabajo no tiene nada de malo. Escribir porque eres bueno en lo que haces y ganar dinero por ello, tampoco. Escribir da un gran placer, y no da para pagar las cuentas de manera regular, como algunos imaginan, pero sí merece ser remunerado.

Así que la próxima vez que estés a punto de decir: “yo no prostituyo mi escritura” acuérdate de Kuklinski y de La Trampa: quizás es porque en tu interior crees que lo que escribes no es bueno o no lo disfrutas tanto.

Compartió para impetuosa, Cecilia Magaña.

Crédito de la imagen: Fragmento de “Salon” de Otto Dix.

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