Me propuse no volver a hablar mal de Murakami, pero es un impulso irresistible. El librito del que tanto me quejé terminó en las buenas manos de alguien con más tolerancia, un lector que me hizo considerar: ¿era, en verdad, esa oda a sí mismo que escribió Murakami, un manual para escribir? Quizás a primera vista no; habría quien lo hubiera catalogado de ensayo literario. Curiosamente, varios de los textos que recomendé en el artículo pasado también lo son, si consideramos que no contienen fórmulas para escribir, sino experiencias y reflexiones en torno al oficio.

No creo que haya una fórmula mágica para ser escritor: un instructivo pudiera darte pistas, pero lo cierto es que la expresión escrita se desarrolla, forzosamente, a través del ejercicio, de la práctica. He conocido a muchos aspirantes a escritor que se quedan en una primera novela o en un puñado de cuentos maravillosos pero inconexos, que no fueron más allá de lo que podía ir alguien con un poco de talento porque no tenían disciplina. Las buenas lecturas, el ejercicio diario, así como el hábito de corregir, llevan más lejos a los testarudos que a los superdotados.

Los buenos autores de manuales literarios, muchos de ellos latinoamericanos, a quienes dedico el artículo de hoy, no desconocen esta verdad.

—Oye, ¿tú te sientes triste porque apestas escribiendo manuales para escribir y siempre que tratas terminas escribiendo sobre correr?
—No. La verdad no, mi Mura.

Clases de Literatura, de Julio Cortázar

Recuperado a partir de una serie de grabaciones realizadas durante una estancia en una universidad norteamericana, Julio Cortázar habla del cuento, del género fantástico, de las coincidencias, de sus lecturas y, finalmente, de Rayuela.

Encantador, como siempre y lleno de ejemplos cotidianos, sencillos, respondiendo a las preguntas reales que los estudiantes de Berkeley hicieron en aquel otoño de 1980, Cortázar cuenta cómo escribió varios de sus cuentos que son, en sí mismos, una lección.

Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa

Lo que tiene Cortázar de sencillo lo tiene éste de mamón, pero hay que admitir que en este libro, que alude a aquel de Rilke titulado “Cartas a un joven poeta”, el señor recomienda excelentes lecturas, le pone nombre a recursos valiosísimos para el novelista, como las mudas (que no son las que se quedan calladas, sino las que implican saltos en el tiempo, en el punto de vista o en el nivel de realidad), reflexiones sobre el estilo, la persuasión, el dato escondido entre otros viejos trucos que vale la pena tener en cuenta.

Escrito a manera de cartitas en las que te habla como si fuera tu pen-pal (sin dejar de ser, no dejo de recalcarlo, un mamón), don Mario da buenas lecciones que vale la pena tener en cuenta a la hora de sentarse a escribir una novela.

Después apareció una nave: recetas para nuevos cuentistas, de Guillermo Samperio

Al ser autodidacta, este maravilloso personaje que era don Guillermo, propone, como el chef Auguste Gusteau en la película Ratatouille, que cualquier persona de cualquier edad es capaz de escribir cuento, algo en lo que yo también creo, ya que puede aprenderse y ser desarrollado por aquel que verdaderamente desee ejercerlo.

Samperio analiza los distintos métodos y mañas de diversos escritores, arma diagramas, brinda ejemplos, propone ejercicios y juega con el lector para que le perdamos el miedo a ese género que tanto se para el cuello: el cuento.

Rompecabezas: un taller de cuento pieza por pieza, de Gabriela Torres Cuerva

Este libro editado por Paraíso Perdido, es uno de esos raros tesoros que uno puede abrir en busca de necesidades específicas. Si bien puede leerse de corrido, el libro está dividido en seis secciones: cada una cuenta con pequeños ensayos en torno a recursos y temas particulares ( tan específicos como la sinécdoque o el símbolo, o tan amplios como el enigma, la sorpresa o la emoción a través de las acciones, entre muchos, muchos otros). Torres Cuerva plantea lecturas y nos emociona con su claridad, para luego proponernos un ejercicio práctico, sencillo pero retador, para concluir la lección y ejercitar el músculo de la escritura.

Redactado con la pasión de una gran tallerista de cuento y una humildad que asombra, puedo decir que este libro se acerca más a lo que yo pensaría como un buen manual de  instrucciones para escribir: bien justificadas y lejos de la fórmula.

Y aunque usted no lo crea todavía faltan muchos, muchísimos libros de los que hablar, pero pienso que con una tercera parte bastará. Si ustedes conocen otros manuales de escritura, por favor, comenten y compartan. Los que no leemos a Murakami se los agradeceremos.
Acosó a Murakami para Impetuosa: Cecilia Magaña
Imagen que ilustra: A Girl Writing; The Pet Goldfinch, por Henriette Browne

¿De qué hablo cuando cuando hablo de manuales para escribir? (Parte 2)

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